
Dice M. que no vale mi argumento. Que aún tomando en cuenta que son todos unos canallas uno no debería renunciar a su ética. "Todos roban, es verdad, y ellos roban más, ¿pero eso justificaría que tu robes un poco?". De la conversación con M. se deduce que mucho de la crisis general en la que vivimos tiene que ver con el lenguaje. Con la falsificación de la comunicación.
Dos horas más tarde nos despedíamos. Minutos después yo entraría al museo. Dos salas me separarían de un corto y agrio mal entendido con unos de los cuidadores del lugar. Un hombre simple a quién con mi insolencia, aun con la razón de mi parte, podría haberle amargado la tarde. Decenas de pinturas después, sentí la imperiosa necesidad de disculparme.
Su sonrisa, entre confundido y sorprendido, me reconcilio con el mundo.
Puede que M. tenga razón.