
Viajo a Madrid.
Salgo de mi casa con dos horas de antelación. Subo las Ramblas esquivando turistas, pero, sintiéndome uno más, me detengo en la observación de hurones, ardillas y bichos cuyo nombre desconozco. Una ardilla pequeñita, cruzada con franjas oscuras, atrae mi atención. "Cuándo regreso me lo compro", pienso. Unos pasos más, y entiendo la idiotez: "para eso, mejor un gato". Descarto el gato, también la ardilla.
Parada de bus, Plaça Catalunya.
Nunca he visto una cola tan larga de turistas. Con la señora que me sucede, y tras sacar la evidente conclusión de que no llegaremos a tiempo, nos unimos con la finalidad de coger un taxi. Un francés se nos une en sociedad. Mientras viajamos, intercambiamos nuestras impresiones acerca de los cambios en la ciudad. Es verdad, hace tiempo que no me detenía a observar que la Gran Vía ya es una poblada avenida hasta llega casi a Hospitalet.
En el aeropuerto, nos despedimos.
Una nueva cola frente al mostrador de Iberia. Estamos a tiempo.
El embarque se atrasa más de cuarenta minutos. Nadie avisa. Ningún anuncio. No hay disculpas ni tumultos.
De repente, los altavoces nos dicen que el vuelo esta listo para embarcar.
Todos se levantan y vuelven a hacer una nueva cola ordenadita, sin protestas. Algunos de nosotros permanecemos sentados... Prefiero leer a la cola (me cuesta leer de pie).