24 de septiembre de 2008

Memorias de Batman

O llego tarde, o llego demasiado temprano. Me cuesta todavía calcular las distancias en esta ciudad. Hoy llegaba, aparentemente, tarde. Entre conexión y conexión de metro, la pantalla de los monitores con las noticias. Despedida de Bush, mensaje mesiánico de fin de los tiempos de Ahmadineyad. Fue un momento, una imagen de refilón antes de embullirme en el vagón rumbo a Sol. Memorias de Batman.

13 de septiembre de 2008

Mercadotecnia


Interior. Cafetería. Museo.
Un padre y un hijo sentados frente a frente, en una mesa cuadrada de bar. No hablan. Ensimismados cada uno con el juego de sus móviles.

Decía P. hace un par de semanas, que esto de traer la cultura al pueblo es una gran idiotez. Viendo la masificación turística de algunos museos, tiendo a estar de acuerdo con él.
El problema es que lo que no pasa por el aro de la mercadotecnia, parecería no servir. Todo aquello que no pueda convertirse en mercancía inmediata, pierde interés.
Es aquí dónde se insertaría el concepto (actual) del espectáculo. “Arquitectura espectáculo”, “rodaje espectáculo”, “escritor espectáculo”. Dónde el mismo relato sobre la “cosa”, se convertiría en mercancía en si mismo. No se trataría ya de negar el referente (propio de la era digital), sino en un negocio global que incluye no solo la “cosa” sino el discurso sobre la cosa en todas sus vertientes (mercadotecnia).

En cuánto al padre y al hijo. La mujer se suma más tarde a la mesa. Al verla, comprendí que puede que yo también me hubiera refugiado en mi móvil.

El mentón

Exteriores. Atardecer. Sentados al borde de la piscina, los piés en el agua.
I. me pregunta mi opinión sobre J., con quién coincidí en el desayuno, esa misma mañana. Me encojo de hombros, evitando dar lacerante opinión. "Aquí, nadie dice lo que piensa", espolea ella. Echo mano al libro que me acompaña, y citándo, leo: "(...) despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas" [Jorge Luis Borges]. Ella ríe su risa inteligente, confirmando mi opinión. Hago ademán de levantar mi rostro hacia arriba, dejando la nuez expuesta, el mentón a 120 grados del eje del cuello... y agrego ya sin piedad, fruto de mi propia cosecha: "lo que me fascina es ver el gesto, el gesto de la soberbia, más alla de lo que se dice, el movimiento del mentón, la mirada siempre por encima de su interlocutor, inquieta, como queriendo mostrar, a fuerza de practicarlo infinitamente, una mente convulsa de inteligentes pensamientos que se quieren abrir paso". "Eso se aprende", dice ella, "se lo enseñan desde chicos en sus liceos exclusivos, luego hasta se lo creen" (y dicho por ella -excelente y sincera artista- se convierte en una verdad inapelable). Le confieso que me gustaría rodar un hombre así. Quedaría escracheado ante la cámara. El ángulo, un momento más abajo que su mirada, sin llegar a contrapicado. No importa lo que diga, sería irrelevante. Por lo pronto, mañana, seguiré disfrutando de su estudio al natural. El estudio del gesto. El gesto de la soberbia.

10 de septiembre de 2008

Aragón


Llegar a una ciudad de provincias y encontrarse con al iglesia cerrada. Fiestas regionales. Tras algunas preguntas, entender que nadie sabe cuándo la abrirán. Dar unas vueltas. El cansancio aprieta. Meterse en un café. Ante la recurrente pregunta sobre los horarios de visita de la iglesia, la sorpresa: El hombre que se encuentra sentado en la próxima mesa, matando el tiempo con cuatro amigos jugando a las barajas, es el responsable de las llaves del templo. Y así, una vez más, termino tranquilamente mi café, mientras ojeo el Heraldo, en busca de los guiños de Juan D. Se convierte así en un casual juego, ejercicio singular que me hace sentir extrañamente en casa. Minutos después, me encuentro disfrutando, frente a frente, con las pechinas de Goya.
[Salí esta mañana de Fuendetodos. Carreteando lentamente, por caminos secundarios. Me pregunto que será de esos pequeños pueblos de Aragón cuándo la gente mayor desaparezca].

6 de septiembre de 2008

Alegoría de la Fortuna

La fortuna con los ojos vendados, repartiendo alhajas, casi desnuda, haciendo dudoso equilibrio sobre un globo azul, sostenida por un pié. A la derecha del cuadro, alguien toca un cuerno desesperadamente, con una mano se tapa un oído, con la otra sostiene el improvisado instrumento. Una mujer con una lanza, de espaldas a la escena... desolada...