15 de junio de 2008

Jerusalén-Tel Aviv


Subo al coche. Sábado por la mañana. La ruta vacía. Buena música en la radio. Jerusalén va desapareciendo a mis espaldas. Enfilo hacia el Mediterráneo. El nudo en la garganta. La despedida de acontecimientos intensos. Un universo que se abre. Una confianza que se establece. Presto atención a la velocidad. Aminoro hasta plantarme en los cien reglamentarios. La mañana, la música, una ruta vacía, invitan peligrosamente a acelerar, un coche que se desboca como potro con deseos de correr.
A mis costados, a los lados de la carretera, murallas, a manera de estético pasillo. Cuándo llego a Tel Aviv, tan solo cuarenta minutos después de haber puesto en marcha el coche, me apabulla el abismo. Los universos irreconciliables. Es como si la ruta misma fuese un pasadizo secreto que va preparando el cuerpo y la vista en ese pasaje entre oriente y occidente.
(más tarde se me ocurriría que el muro es algo así como decir "no sabemos que hacer con esto ni como solucionarlo y mientras tanto lo mejor es no verlo. No queremos verlo. Se tapa, y nos olvidamos").

8 de junio de 2008

Jerusalén, nuevamente


Llevo ya días por estos lares. No son nuevos...
La semana pasada toca recorrido por Jerusalén Este. Un entramado urbano -sí es que a esa desorganización de calles, casas e infrastructuras se puede denominar urbano- en contraste con lo que pasa en occidente, es decir, al otro lado de la calle. A veces ni siquiera eso, se trata del vecino. La desidia, la venganza del vencedor.
Días después toca cena con un intelectual palestino. Sus argumentos son más el producto de una ilusión que el reflejo de la realidad. Un problema que arrastran los palestinos, mil veces engañados por sus "hermanos", desde hace décadas. Sin pragmatismo, no hay paz posible.
Inocentemente, apunto una modesta propuesta: que ambas partes, a pesar de la oposición de las propias masas, renuncien a sus líneas máximas, hagan verdaderas concesiones dolorosas. En un día histórico, los israelíes declararían su renuncia a la soberanía sobre aquella alucinada Jerusalén indivisible. Y los palestinos, al derecho al retorno de los refugiados. Ambas posiciones, el intento de Israel de no negociar sobre Jerusalén, y la inviable pretensión de los palestinos al retorno de los refugiados al actual Israel, son dos aspiraciones imposibles. No habrá negociación alguna, paz en el horizonte, si los pueblos no asumen que el precio hay que pagarlo, con moneda fuerte. Negociar exige renuncia, y un liderazgo fuerte frente a sus propias filas.

(esto no significaría, ni mucho menos, que los israelíes no puedan acceder al este de Jerusalén ni que los refugiados no obtengan acordes indemnizaciones).

Jerusalén, nuevamente