30 de enero de 2009

Madrid. Exteriores.

En una terraza de mediodía, me encuentro con L.
Su conversación culta y agradable, bajo el sol de un invierno primaveral, nos alerta del placer de la coincidencia; de la aventura del flaneur que anda y desanda la ciudad. Unas calles regaladas por la anulación del tiempo, por la derogación de entrevistas anotadas cuidadosamente...
Olvidamos fácilmente la importancia del azar.

20 de enero de 2009

N. busca becario

N. viene a cenar ayer. Se autodefine como progresista y de izquierdas. Se suma a causas loables en el tercer mundo. Ahora dirige un festival cultural en Barcelona, subvencionado por la Generalitat y otras organizaciones. Busca un nuevo meritorio en prácticas para que la ayude con las tareas de producción. Quedó bastante decepcionada con el del año pasado. Yo le explico que es parte del asunto: alguien a quién no le pagas, no tienes derecho a exigirle un buen trabajo. Me mira extrañada. Continúo la idea: el sistema de prácticas, que nacen conjuntamente con el auge de los masters, es una explotación encubierta, y también una forma de borronear las cifras reales del desempleo. Que si es de izquierdas, tal como a ella le gusta definirse, debería oponerse a esto y contratar a alguien, pagándole como dios manda, como contrapartida por su fuerza de trabajo (es decir, su tiempo y aportación a la empresa). Se defiende diciendo que no tiene presupuesto, le respondo que entonces no haga el festival. Argumenta que "no lo hace por ella sino por la sociedad". Risas. Si la sociedad no te puede dar el dinero que necesitas entonces cierra, no aceptes catárticas limosnas, remato. No me entiende, sé que no me puede entender. Ella cree que ser de izquierdas es vestirse con un pañuelo a cuadros, una especie de moda cool. Lo que no sabe, ni nunca sabrá si no estudia un poco, es que la izquierda es una actitud, ante todo, materialista, es decir, económica. Y mientras estos vociferantes progres sigan así, no hacen más que favorecer la explotación del otro, pero eso sí, con buen rollito y sin siquiera una buena ley de indemnizaciones

9 de enero de 2009

El despropósito mediático [III]

La prensa española nos sorprende con noticias que más que el relato de una guerra parecían ser una triste y populista versión de los protocolos de los sabios de sión.
Hace unos días, en una cadena de televisión, "nos mostraban" como los judíos israelíes disfrutaban y se restregaban las manos, felices y contentos, con la sangre que sus tanques exprimía a los pobres palestinos. Atacados así, sin ton ni son, y por pura y maléfica diversión de esos malvados barbudos, tocados con gorrito.
Más que periodismo -ese anacrónico anhelo de busca de la verdad- parecía una soflama antisemita digna del más rastrero escritor.

Ya hace años vengo observando el fenómeno. Cada vez que se enciende el Oriente Medio, y sólo si Israel esta involucrado, las primeras planas se regocijan en el dolor y en la muerte. Ríos de tinta que van a parar a un mar de inexactitudes y de cobardías. Un ritual dónde la muerte del otro sólo sirve para justificar el odio y la ignorancia. Poco es el interés que siente esa prensa por el destino de los oprimidos en general y de los palestinos en particular. Poco es el apoyo de la sociedad española ante la barbarie y la masacre. No recuerdo haber visto manifestaciones tan urgentes cuándo se asesinaban cientos de miles de personas en Rwanda, ni cuando lo de Darfur, ni por la masacre constante de congoleños. No. Ni siquiera he visto manifestación indignada alguna cuándo el Hamas, golpe de Estado de por medio, asesinaba a casi doscientos palestinos, arrojando a algunos por las ventanas. Todo esto lo vimos todos, todo esto lo conocemos todos, pero sólo salta a la primera plana de los periódicos, o a las calles, cuándo el sujeto de la acción es Israel. Es un fenómeno, como mínimo, sospechoso.

Y digo esto, antes siquiera, de pronunciarme sobre los acontecimientos...

1 de enero de 2009