Al regresar de Jerusalén, en seguida
salgo para Alicante…. En el avión, un viaje de tan solo una hora, me dispongo a
tomar algunas notas sobre mi proyecto en Jerusalén. Me siento inspirado. La
urgencia de la hora, tal vez. Las frases salen solas, la figuras se dibujan sin
dictarlas. La mano obedece, no, más bien guía. Unos minutos de magia.
Interrumpido de repente. Un niño llora sin descanso, y mi vecino de atrás,
vozarrón, bromea castizamente con su compañero de fila. Ejercicio de
abstracción, tipo yoga. Imposible. Las palabras huyen, la mano ya no obedece.
¡Mierda! Me levanto, voy al baño. En realidad salgo a inspeccionar la
situación. Detecto tres opciones. Al regresar del baño, me decanto por una.
Instintivamente. Pregunto al único ocupante de la fila de tres. ¿Te molesta que
me siente aquí? Que va, me contesta, haciendo espacio, en una cordial
invitación. Cojo mis cosas, y regreso. Me siento dispuesto a seguir
escribiendo. Mi vecino lee. Pasados unos minutos, me hace una pregunta. Le
contesto. Nos ponemos a hablar. Resignado, abandono la escritura. Se llama Marwan, me
dice. Con “doble v”, le digo. ¿Cómo lo sabes?, pregunta con asombro. Es que
somos vecinos, pero vivía en la acera de enfrente…, digo. Risas. Marwan es músico. Nació y vive
en Madrid. Su padre es palestino. Hablamos de Jerusalén, de música, de cine… Le comentó algo visto en mi última visita a
Jerusalén. Le tienta. Digo: podríamos hacer algo interesante. Asiente. Esa
noche toca en Elche. Me invita. Al final no pude ir. Estando en Altea,
terminamos tarde. También allí agradables encuentros. Disfrute de las
hospitalidad, de los diálogos. Del reencuentro con K., años después. En
veinticuatro horas, ya estaba de regreso en Barcelona. El tiempo es así, a veces se desinfla,
se rompe la línea del progreso, y se torna circular. Es allí dónde aparece la
magia…
9 de diciembre de 2011
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