Z. es un truhán, un embustero, un timador. Se gana la vida de director de Institución Cultural en capital de provincias. Esta ocupación no es más que una tapadera, si no estuviera allí, sería agente inmobiliario. Seguro. Quiere proyectar cine, pero no pagar por las películas. Cuándo se le recuerda la existencia de unas posibles tarifas de exhibición, tuerce la boca, con cara de croupier compungido, al recordársele el cambio no devuelto.
Disimula contándonos sus penas, sus recortes presupuestarios, pierde nuestro tiempo con su perorata victimista sobre la crisis, y si esto no surte efecto, pasa a hacer panegíricos a favor de la obra. Intenta conmovernos, es decir: evitar el pago.
No llega a embaucarnos: en realidad, no quiere pagar. Son personajes que ya se los ve subir en el rellano de la escalera. Nunca quieren pagar. Recibir a cambio de nada, esa es su verdadera estrategia. ¡Vaya desfachatez la nuestra! Recibir retribución por el usufructo de nuestro trabajo. “¿Pero cómo?”, pensará sorprendido él, “¿los artistas no viven del aire? ¡Qué extraño! Creíamos que eran etéreos, que les era suficiente sólo con un dudoso reconocimiento…”
En realidad, no son más que truhánes sentados con sueldo fijo, parapetados tras la apariencia de una digna ocupación que promueve el arte. Oportunistas viviendo del trabajo de los demás. No quieren el arte, no aman el cine. Van en busca de notas de prensa que les permita inflar sus culos gordos atiborrados de comidas pagadas a cuenta del contribuyente. Se creen alguien, pero no dejarán ni huella. Pero como molestan…