26 de abril de 2009

Si el arte es a la sociedad lo que los sueños al hombre...

Gripe porcina, gripe del pollo, vacas locas, terrorismo, crisis económica, cambio climático...
En el aeropuerto de San Juan, un anuncio nos informa que estamos en "alerta naranja" por la amenaza terrorista. Un punto menos que en su escala máxima. Los altavoces nos exhortan a mantenernos alertas, a denunciar cualquier comportamiento sospechoso.
Quince horas después, ya en Barcelona, el avión aparca al costado de otro proveniente de México. Alrededor de éste, coches y personal sanitario con mascarillas.
A la salida de la terminal, un enjambre de periodistas alborotadores...
El tren se desliza hacia la ciudad. Nuevo, silencioso, casi vacío.
Un mundo lleno de miedos y alertas, histeria colectiva y sospechas, dónde cada ciudadano podría ser portador de una amenaza.
Se ejerce el control, se expande en cada rincón.

24 de abril de 2009

San Juan, Puerto Rico.

A punto de regresar, asombra alegremente la experiencia de saberse viajando tan lejos para encontrarse con gente tan afín.
Charlas, debates, intercambios de ideas.
Una manera de ver nuestra obra en distancia, con distanciamiento.
Interrogantes que se abren, respuestas que deberemos encontrar en los próximos proyectos.
Ansías de enfrentarse al time line, estrategias narrativas que sean un afianzamiento del lenguaje.

20 de abril de 2009

Conversaciones en el cielo

En el viaje entre Barcelona y San Juan, con escala en Filadelfia, fue todo misticismo.
A punto de partir, descubro, sin siquiera sorprenderme, resignado a mi destino, que mi ocasional compañero de viaje es un judío religioso residente en Filadelfia. Casi no hablamos en todo el viaje. Solo un intercambio inicial. Dos horas antes de aterrizar en Estados Unidos, la charla sobreviene. Ex hippy, artista figurativo, siete hijos, con más preguntas que respuestas. "No es casualidad que estemos sentados juntos, nada es casual en este mundo", dice. "Me gustaría pensar como tu", contesto, "y encontrar huellas divinas en todo acontecimiento, ¡sería todo tan fácil!". Sonríe, aprobando, apenas disimulado.
Horas después...
La salida del avión a San Juan se retrasa. Tormenta en el Caribe. Casi tres horas retenidos en pista. Ya en el aeropuerto se me ocurrió que si alguna vez creí que la salida de Egipto era un charter de madrugada de Barcelona a Tel Aviv, la verdadera podría ser un vuelo de Filadelfia a Puerto Rico. El caos, las voces y la anarquía que se apodera del pasaje con una vitalidad que es a la vez fascinación y rechazo.
Mis compañeros de viaje, descubro en la charla de la espera en pista, son miembros de una iglesia pentecostal que, junto a decenas de compañeros, regresan de un congreso en los Estados Unidos.
Me hablan del momento de la luz, la fe, del hablarle a dios, del destino, etc. Tras el hombre, de proporciones significativas, adivino un pasado plagado de drogas, alcohol y violencia. Un aire de Benicio del Toro en "21 gramos". Una hora más tarde, con la confianza de la espera, me habla de su pasado carcelario y de cómo la fe le salvó la vida. Del milagro que le sucede. ¿Puedo yo discutir esto? Oigo, como si estuviera escuchando un cuento con final feliz. Observo la mansedumbre actual y la compara con la violencia que pudo haber sido…
Hablamos de esta segunda casualidad en este viaje, con compañeros que solo me hablan de fe y religión. Él, y su mujer, concluyen victoriosos: "Nada es casualidad, dios te esta hablando".
Al bajar del avión, con cuatro horas de retraso, tras dieciocho horas en ruta, me espera B. Nos reconocemos inmediatamente. Solo nos habíamos visto un año y medio antes, por cinco minutos, en las Ramblas de Barcelona. Aquí estaba yo, en Puerto Rico, finalmente.
B. me pregunta si tengo hambre.
Le contesto que sí. Y nos vamos a comer un bocadillo, en el único lugar que encontramos abierto.
Primer noche en la isla.

1 de abril de 2009

Recuerdos de adolescencia

Muere Raúl Alfonsín. Hablar de él es como hablar de adolescencia. Mi adolescencia. De juventud, de una época en que la política se vislumbraba, con la inocencia de la edad, como una alternativa posible, el poder de la palabra para convencer, guiar, dar un sentido, restablecer el sentido, re-establecer de sentido, a cada uno de los vocablos que, erosionados, ya carecían de luz propia. La emoción del descubrimiento de la democracia. Aquella mágica palabra, artilugio sin igual, que solucionaría todos nuestros problemas, que abriría las puertas del deseo. Nunca más, un acto popular y político, volvería a emocionarme como aquello, significando una revolución en mi vida.
Colgar el uniforme, dejarse el pelo largo. Las primeras asambleas de estudiantes.
Cuándo Alfonsín es investido presidente, el diez de diciembre de mil novecientos ochenta y tres, la calle era, literalmente, una fiesta. Una grande y ancha avenida -Cabildo y Juramento- sin coches. Esa misma noche, recuerdo, había participado en lo que fue mi primera y última obra de teatro. "¿Quién, yo?" de Dalmiro Saenz. No recuerdo si hacía el role del fiscal o del abogado defensor. Recuerdo eso sí, que era una obra con moralina. Un tanto decadente, de esas que suelen excitar las mentes de púberes adolescentes que creen hablar con palabras de sedición, pero veladas.
No suelo hacer semblanzas de políticos, es verdad, pero permítaseme recordar a Alfonsín como si de un héroe de adolescente se tratase, un héroe de tebeo, un personaje mítico pero no menos real, siquiera, por todos estos recuerdos que me vienen de repente...