En Madrid me encuentro con F. Como era de esperar, hablamos de cine, guiones, derechos de autor y, coincidiendo con la votación en el Congreso, de la cobardía de la clase política, que, para sacar un poco más de rédito a sus nefastos intereses, son capaces de votar en contra de cualquier cosa.
Me cuenta que, años atrás, invitada a la cena de unos conocidos –apenas amigos–, el dueño de casa comenzó a defender con vehemencia su derecho a bajarse lo que quisiera por Internet. Ella escuchaba, argumentaba, pero en lugar de entender su frágil realidad, sus interlocutores la tomaban por reaccionaria, vil representante de la Warner.
Al final, y para evitar mayores discusiones, calló.
En el momento de despedirse, coge una pieza de adorno de su anfitrión y se la lleva. El dueño le espeta: “¡¿Pero qué haces?!” A lo que ella responde tranquilamente: “Lo mismo que tu”.
Creo que no se han vuelto a ver.
