3 de abril de 2007

Fiestas

La confianza da asco, repetía mi tío, una y otra vez pasada la tercer copa de la cena. Como todos los años nos reuníamos. Como probablemente todas las familias en las mismas fechas. Aburridos ya de vernos, impelidos por una inercia milenaria de la cuál nadie parecería tener la fuerza de librarse, nos juntábamos alrededor de la mesa con la consigna de beber y comer. Dos veces al año. Mi tío, esto lo supe años después, amenazaba tras cada encuentro con no volver a repetirlo, decía qué prefería quedarse en casa, solo como un perro, pero feliz. No soportaba la mal educada changa que caía de unos a otros, alternadamente, cuál chivo expiatorio que llena el silencio que sin duda sobrevendría. En realidad, nada tenían que decirse, y mientras nosotros, los niños, desarmábamos los roperos de los abuelos jugando al escondite, los adultos esperaban el ansiado momento de decirse adios.