
Gabriel me llama para anunciarme solemnemente que llego el momento de tomar conciencia de su situación. Sé que cae en la tentación de decir "condición proletaria", pero se inhibe, tal vez movido por la certera sonrisa, que aún sin verme, podría adivinar que se dibujaría en mi rostro. ¿Cómo es eso de qué te tienes que hacer cargo de tu condición?, pregunto, acostumbrado a las proclamas repentinas de Gabriel. Pues eso, que llego la hora de decir eso, que no somos ni esto ni lo otro, sino simples paletas que se creen pijos artistas. Hombre, tampoco exageres, intento sin éxito levantarle el ánimo. A ver Mauas, ¿y tu de qué vives? ¿o me vas a decir que esto de hacer películas no es ser un pringado que depende de los otros? (silencio) (silencio). Bueno tío, tampoco te ofendas. No, que no me ofendo, le digo, ni mucho menos, pero ahora no vengas a decir que somos unos pringados... ¿y la serie que estabas escribiendo?, pregunto en un intento de entender a qué viene tanta "conciencia de clase". El cabrón del productor desapareció sin pagar, ¿lo puedes creer? dice retóricamente, cómo si todavía me podría sorprender algo. ¡Vaya putada!, digo, por decir algo, puesto que no sé qué decir, y el teléfono es eso, decir algo, pues no vale sólo la mirada, ni el silencio... Entonces, ¿qué vas hacer?, pregunto, tan siquiera por escapar del ruido de fondo electrónico. No sé, No sé, contesta cómo pensando para él, pero algo debería hacer... Es una putada, pienso, la movida venía bien. Es una putada, repito en voz alta. Sí, es una putada, oigo que me contesta como un eco. ¿Quedamos mañana para una birra?, propongo, Vale, quedamos. A las ocho en el gato, concreto. Mañana entonces, nos vemos, cierra él. Fins arà, concluyo.