
Días atrás me despierto angustiado tras un sueño convulso: debía pasar una corta temporada en prisión pero desconociendo las razones, sin saber las causas que me llevaron a tal castigo, que sin embargo, las intuía de índole menor. Desasosiego. Si uno dejaría campar a sus anchas sus propias fobias, ya no saldría a la calle. Miedo a que te metan en chirona por cualquier cosa.
¡Y son tantas las cosas que seguramente hacemos sin siquiera tener la mínima sospecha de su reciente ilegalización!
Qué si sonreímos a un niño, qué si la colega se hace un aborto, qué si le decimos a una compañera de trabajo que es guapa, qué si le decimos al vecino qué es lo qué es... los gobiernos parecen haberse convertido en administradores de la vida de los ciudadanos, tal si de adolescentes en plena escolarización se tratase. Un paternalismo infantil, falto de respeto, que viene a encubrir lo que no pueden o no están dispuesto a hacer.
Y esto debería ser, ante todo y sin tanta parafernalia de buen rollito, velar por la libertad y la dignidad de los habitantes del territorio frente a una economía que se desboca, y unas organizaciones cada vez más corporativistas.
[Sin ir más lejos, ayer mismo nuestro ministro de Economía nos sorprendía con un brillante análisis que viene a explicar el motivo de la inflación: las propinas. Sí señor, si ustedes no los saben, la culpa es nuevamente de los ignorantes ciudadanos que no hemos interiorizado el valor del euro. ¡Cómo si se necesitaría ser muy docto para saber lo que cualquier vecino de cualquier localidad experimenta día a día! El dinero, simplemente, no alcanza, y la inflación señor ministro, no se dispara por las pequeñas propinas que deja el promedio de españoles... ¡las cosas que hay que oír! Y ya para concluir: un amigo hace unos años me pregunto, ¿sabes lo que es el euro para España? Pues bien, me contesta, cobrar en pesetas y pagar en marcos alemanes]