4 de junio de 2007

Demasiados imbéciles

A L. la conocí hace bastante poco. Tras esa primer impresión de mujer aburrida de alta sociedad, se percibe una sensibilidad reprimida a fuerza de salones y vernissages. Me llama hace dos días. Ni siquiera se preocupa por el cotilleo que se genera alrededor de mi repentina (aunque meditada) decisión.
En un acto de confianza y salto de página, me habla de otras cosas que podrían unirnos en un diálogo futuro.
"La relaciones humanas lo son todo", concluyó, como volviendo al tema que me preocupaba.
Tras muchos años de preocuparme en cuestiones del tipo "qué clase de cargo" o "cuánta responsabilidad" o "qué tipo de empresa", llego a la conclusión que la pregunta estaba errada, y deberá ser: "con qué tipo de gente".
Hacemos trabajos muy personalizados como para no tomar en cuenta la presencia del idiota de turno que, con un poco de poder, podría ser una molestia insoportable.
"¿Por qué siempre son los imbéciles los que permanecen en la organización?" Pregunta L. Supongo que porque la gente más rigurosa con su trabajo, es a la vez más sensible y reflexiva. Siendo ellos siempre, los que terminarían de abandonar para no verse sometidos al cotilleo y las chapuzas oficiales. Tan normativo en esta época que nos toca vivir.