23 de enero de 2007

Decisiones atrasadas

Veintitrés de enero. Los eventos se suceden, sin pausa desde mi regreso a la ciudad. Llegaba a Barcelona el mediodía del primero de enero, tras un más o menos largo vuelo. El aeropuerto vacío o casi. Salgo. Taxi libre. Tengo deseos de llegar a casa, lo cojo. Cruzo un par de frases con el conductor. Ya pasada la curva de la salida de El Prat me pregunta "si me enteré de lo de la T4, en Madrid". Claro, contestó, claro que me enteré. Me da a entender que se lo tienen merecido, puesto que el gobierno no hizo nada por el "acercamiento de presos", el avance del proceso y otras tonterías más. Sorprendido y cansado, callo. No lo insulto. No le digo que es un mezquino, que es un cobarde y un racista.
[Mezquino puesto que no puede tener ninguna empatía con nadie más allá de su propia y limitada biografía; cobarde porque no tiene agallas de condenar el terrorismo, sea dónde sea; y racista porque diferencia entre las víctimas, desgraciados circunstanciales, en función ya ni siquiera de su pertenencia, sino de su ubicación en el mapa (el atentado fue en Madrid, no en Barcelona...)].

No todos los taxistas oyen solamente la Cope... Algunos se nos caen también del mapa, pero del otro lado...

Mi primer decisión del año: no hablar más con los taxistas.
Vieja y recurrente costumbre que ya me ha llevado a más de un disgusto.
Tras lustros llevando esta práctica, en geografías y lenguas distintas, llegue a la conclusión de que lo mejor, es subirse y callar. Ayer mismo estuve a punto de olvidarlo. Llegaba tarde a una reunión, subo a un taxi, y tras el Buenos días de rigor e indicar la dirección de destino, se me ocurre preguntar por el clima, como si me cruzase en el rellano de la escalera con doña Josefa, la vecina del tercero... el conductor se lanza a una perorarta, esta vez corta... que no sigo. Se impone el silencio. Llego a destino, pago, y me digo... no es mala idea esto de callar en el taxi. Lo intentaré también en la escalera...